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El poder de la alabanza

6 julio, 2021

Todos tenemos días blancos y días negros, ¿verdad? Últimamente, en mi caso, son días de extremos totalmente. Blanco limpio y negro profundo. Y hoy pensaba… ¿de qué forma hacer para que sobreabunde el blanco?

Está claro que la única solución es dejar pasar la luz. Sí.

Pero… ay, amigo, ¡es que hay tantas formas de hacerlo y no siempre y en toda circunstancia y en toda circunstancia eficaces!

Y seguía dándole vueltas.

Hay momentos en los que la rutina te arrastra tanto, que, por mucho que te levantes de cara a Dios, la barahúnda de las horas te exprime hasta los cantos de la mañana.

Hace un tiempo, en plena recta final de mi tesis, fuimos a Jerez de la Frontera a ver a las Hermanas de Belén. Gracias a ese viaje descubrí El poder de la alabanza (de Merlín R. Carothers). Un libro que nos recomendó una Hermana, gran amiga de mi marido y de la familia. Pero no descubrí solo un libro. El poder de la alabanza es una realidad hecha carne en la Cartuja. Lugar al que, a propósito, por muy lejos que esté de nuestra casa, siempre y en toda circunstancia y en toda circunstancia ansiamos retornar cuando ponemos un pie fuera.

El poder de la alabanza, de Merlin R. Corothers

El poder de la alabanza. En la Cartuja de Jerez y en tantos otros lugares y tantos hogares del planeta.

Pero, ¿qué es?

Sí, es dar gracias. Por todo. Por lo bueno y lo menos bueno. Por hoy, por ayer. Por todos.

No es magia. Ni un deber preceptísimo cristiano.

Yo lo definiría como el deporte del alma. Alabar (¡cantando también!) mi realidad de hoy y mi historia. Lo que no entiendo. Lo que me hace llorar. ¡Y lo que me llena de alegría!

Gracias a este descubrimiento, acabé la tesis más o menos cuerda, mentalmente hablando.

Dar gracias. Todos los días. Solo eso. Ni peticiones extra ni esto ni lo otro. Alabarle a Él. Solamente. Por el hecho de que el mayor sinsentido que pueda llegar a vivir será siempre y en toda circunstancia y en toda circunstancia su mayor regalo.

Sí, suena a simple y quizá a tópico.

Mira cuantas cosas tienes por las que dar gracias”, “Siempre hay gente peor que tú”, “Ves, a vosotros os falta espacio en casa pero cuando menos tenéis ascensor y parking”…

No. No se trata de dar gracias por resignación o por el hecho de que soy muy bueno, o por cortesía para con nuestro Padre.

Dar gracias”. Dos palabras que tienen el poder de llevarme del egoísmo al corazón más feliz del planeta.

Levantar la mirada. Que no siempre y en toda circunstancia y en toda circunstancia es bien simple. Y observar.

Empiezas dando gracias por tu marido y por tus hijos. Sí, de forma genérica. A veces no da sensiblemente más de sí la cosa.

Y acabas dando gracias por ese día diez de noviembre de 2 mil 9. Por ese riesgo alto de crosomopatía. Por la dichosa tesis. Por la muerte de tu abuelo. Por ese nódulo. Por ese “Sí” en la otra punta del planeta. Por los horribles embarazos. Por Boston. Y Roma. Por ese mayo de 2 mil 9 lejos de casa. Por ese “Sí” frente al precipicio. Por la post confirmación. Por la Navidad de 2 mil once. Por el mismísimo covid-diecinueve.

 

Alabar es el deporte del alma. Alabar mi realidad de hoy y mi historia.

Detrás de cada una de estas oraciones hay una larga historia. Hechos concretos que han grabado en mi corazón certezas absolutas de que el Cielo existe. Mañana, pero también hoy. Aquí y ahora.

El poder de la alabanza. Su poder de cogerme fuerte por mi lado más débil, levantarme, abrirme los ojos. Y lograr dar gracias de corazón.

Gracias. La palabra franca que con su ejercicio muy frecuente tiene el simple poder de pulir las (tantas) imperfecciones de mi áspero corazón. Haciendo resplandecer esos tesoros que llevo en vasos de barro: las certezas absolutas de su amor sin rodeos. Con nombre y apellidos. Con mis pelos contados. Que son demasiados, a propósito.

Hoy no dejaba de pensar sobre las (tantas) certezas que me rodean por doquier. De vida. Caos. Alegrías.

Hoy te doy gracias por esta insensatez exponencial. La de mi casa. Pero especialmente la de tantos hogares. Cercanos a mí. Y los desconocidos.

Porque sí, el blanco precisa luz. La Suya, la que nunca se apaga.

 

El blanco necesita luz. La Suya, la que nunca se apaga.

Pero aguardemos no olvide nunca que el blanco es la presencia de todos los colores. De mis certezas. Y de las tuyas. Y las de ellos. Todos. El blanco de la alegría. El de la sonrisa de Dios en el instante en que nos mira a cada uno de ellos de ellos de nosotros.

Porque solo Él sabe lo que llevamos cada uno de ellos de ellos tatuado en las palmas de nuestras manos.

Loreto Segura

Loreto Segura

Casada con Rubén y madre de Nicolau, Bernat, Gianna, Maximilià y Joan Pau. Doctora en Derecho Constitucional. Practicante incipiente de esta insensatez de apreciar sin medida. Escribir apacienta mi alma. Y, algunas veces, lo comparto en mi blog personal https://walkinginthejungle.blogspot.com/